Dijo en cierta ocasión Voltaire: “La poesía es la música del alma y, sobre todo, de las almas grandes y sensibles”.
Hay momentos del tiempo en los que el alma, ese espectro en el que nadie cree y nadie ve, se apodera de nosotros. Entra en ebullición en el interior de nuestro cuerpo y pone a flor de piel la sensibilidad y los sentimientos que parecían adormecidos por ocultos o secretos.
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Nadie sabe ni intuye cuales pueden ser esos momentos ni a qué se debe. Pero hay algo en la naturaleza, en sus designios divinos, que lleva a extender sus mallas de belleza y de evanescencia en un instante concreto del año: la primavera.
La poesía es a la literatura como la primavera al discurrir de la vida. Un género minoritario pero vital. En la primavera, como en la poesía, florecen los almendros; revientan de colores los cerezos; los campos se llenan de amapolas rojas, blancas, amarillas, sobre los campos teñidos de un verde vital; el sol alumbra para dar vigor y energía; el mar se tiñe de color azul turquesa y verde esmeralda, y el alma de cada uno de los mortales se hincha de pasión y de alegría por vivir, por sentir dentro de uno mismo el florecer de la dicha y la felicidad.
Una sensación placentera nos invade y nos invita a compartir la risa, la alegría por existir y disfrutar de cada momento de la vida, de compartir el amor, la sensualidad, el cariño y la agradable compañía con los demás. Estamos hechos para vivir en sociedad, para comunicarnos.
Solo hay un arte literario capaz de expresar con la mayor perfección ese torrente que nos invade y que pide a borbotones salir para poder manifestarse: la poesía.
Diría Miguel de Cervantes en sus Novelas ejemplares: “La poesía es una bellísima doncella, casta, honesta, discreta, aguda, retirada, y que se sostiene en los límites de la discreción más alta. Es amiga de la soledad, las fuentes la entretienen, los prados la consuelan, los árboles la desenojan, las flores la alegran y finalmente, deleita y enseña a cuantos con ella comunican”.
Pero Cervantes se equivocó. La poesía no entiende de sexos. Poesía es Bécquer, Gerardo Diego, u Octavio Paz, pero también lo es Jaime Gil de Biedma, Luis Cernuda o García Lorca. La poesía puede ser una bella doncella o un tierno efebo que oculta sus pasiones por el miedo y la intolerancia.
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Gracias a la inestimable pasión por las artes de personas como el poeta y editor Luis Alberto de Cuenca, el pintor Javier de Juan y el gran hacer de la editorial Reino de Cordelia, han vuelto a ver la luz aquellos sonetos de amor de García Lorca, a quien Vicente Aleixandre añadió el adjetivo de oscuro (Sonetos del Amor Oscuro), así como Diván del Tamarit.
Sin embargo, en esta ocasión, los versos de amores inconfesables y no correspondidos, de sentimientos extremos y pasionales, vienen acompañados de un expresionismo pictórico, gracias al pincel de Javier de Juan. Un cazador de ideas y del momento exacto de una filosofía de vida. La de aquella época de noviazgos clandestinos y fugaces, tan pasajeros como hirientes precisamente por esa persecución a la que se encontraban sometidos.
Tres colores: el azul, el turquesa y el café, serán suficientes para hacer recobrar en el lienzo el reflejo de la poesía de Lorca. Una imagen y unos versos, que todos a una, transmiten el olor del erotismo y la pasión, el aroma de las flores y el deseo, el sabor salado del mar o dulce del arroyo, los sentimientos palpables a flor de piel, como los pétalos y los frutos que revientan en la primavera.
Puede que al releerse los poemas de Lorca se observe de nuevo esa luz irreverente y peligrosa de la luna, la respiración de la tragedia, de la sangre y de la muerte, pero entre cada una de sus líneas se percibe la melodía insospechada del amor, la alegría primaveral por vivir y por sentir. Una débil llama en nuestro interior que decide, por voluntad propia, entrar en incandescente combustión.