NO ME DES MÁS LA TURRA

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Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

FOTO AUTOR

Por María Marcos
Licenciada en Derecho y Librepensadora

La única manera de mantener la calma y que tu cerebro no sufra un tsunami mental es ir por la vida evitando que te den la «turra». Hay mucho personaje que se dedica a martillear y tratar de que otros solucionen sus problemas que, más bien, son sus manías y obsesiones, capaces, incluso, de perseguirte por la casa con sus discursos moralistas, sus reiteradas insistencias, sus credos insostenibles y absurdos, por el mero hecho de creerse mejor, guardián de la verdad, sufridor de la injusticia y vengador de las almas en pena, portando y repartiendo condenas a todos los que deben piar por sus pecados.

BRUJA

La mejor medicina, cuando estés a punto del desborde, es pasar de todo, o, mejor dicho, del personaje en sí. Que fluya el aire, que fluyan las aguas, que sigan su camino sin obstáculos. No pongas puertas al campo, en este caso a la turra. Que se disperse, que pierda fuerza, que se desuna de su ficticia moralidad, que caiga como semillas por el campo y acabe donde tenga que acabar. Pero tú, como si sufrieras de sordera invalidante que te impide el entendimiento, y a vivir en paz.

Muchos son los personajes literarios y cinematográficos que han puesto de manifiesto el uso del control como justificación de un amor genuino e incluso progresista para resultar ser todo lo contrario en la práctica.

Como si de Big Brother (George Orwell – 1984) se tratara, ese ojo que vigila, que impone, que controla los movimientos, e incluso los pensamientos. Ese doble pensar, juego mental que se contradice, pero domina tu voluntad para hacerte creer que la libertad es esclavitud. O que la opresión es por tu bien, un acto de protección al ser amado.

Esa Miranda de El diablo viste de Prada (Lauren Weisberer – 2003 adaptación cinematográfica 2006) que dicta cada movimiento laboral, que deja de ser un equipo para ser esclavos de su voluntad. Sus silencios y desaprobaciones son capaces de hundir un Titanic y hace imposible estar a la altura de sus estándares y expectativas. Nunca es suficiente.

Esas madres, no siempre de película, que reprimen emocionalmente, que persiguen el cumplimiento de lo que consideran tradición y respeto, pero bajo el prisma obsoleto de un ambiente familiar casposo y sobre todo como herramienta para cumplir sus propias ambiciones bajo la manipulación emocional y la culpa. Como en Psicosis (Alfred Hitchcock 1960) que incluso después de muerta maneja la mente de su hijo tras años de continua manipulación y victimismo para dominar su personalidad.

La disciplina, las reglas sin sentido, la imposición de autoridad injustificada y el sometimiento rígido e inflexible, que mata el crecimiento personal, la autonomía, el dialogo, y los valores. Que te traten como una máquina que no cuestiona nada. Lo importante es la obediencia sobre lo absurdo, la inmadurez sobre la personalidad, la autoridad sobre los valores, el sinsentido del deber sobre la felicidad. ¿Quién necesita tantas reglas cuando se puede pensar y ser diferente?

Muchas son las manidas y predecibles expresiones para hacer brotar la culpa, «después de todo lo que he hecho por ti»; «te lo he dado todo y así me lo pagas»; «vas a hacer que me enferme»; «quiero lo mejor para ti, pero no lo valoras»; «no esperaba esto de ti»; «Mira tus primos, ellos sí que hacen lo correcto»; «ningún hijo trata a sus padres como tú»; «Haz lo que quieras, pero no cuentes conmigo» …

RISA 1

Este artículo es para todos aquellos o aquellas, porque la turra no entiende de géneros, que se ven obligados a navegar en aguas turbulentas como estas. Que en su día a día conviven con personas manipuladoras y tergiversadoras de la realidad para sus fines propios. Para los que creen no poder aguantar más pero no les queda más remedio porque el chantaje emocional precisamente les mantiene atados. Para los que se sienten ellos mismos cuando salen de ese ambiente tóxico, pero, aun así, parte de su mente se queda atrapada en los discursos victimistas. Para los que viven rodeados de personas que usan la culpa, los falsos dilemas, las exageraciones y dramatismos.

Nada que no se pueda contrarrestar con la calma o indiferencia, con la seguridad en uno mismo. Que el diálogo estéril no te haga dudar de tus valores y sobre todo mucha dosis de humor. Quítale dramatismo, reconvierte el drama en una carga con tono ligero, liviano, positivo, racional. Quítale peso emocional y personal hasta que te dé la risa.

Y es que reírse es el mejor ejercicio, de todo y de nada, de lo ajeno y de uno mismo, libera endorfinas y baja el cortisol. La risa conecta, resuelve conflictos, atrae buena gente, activa el placer y el bienestar, despeja la mente. Cultiva la sonrisa, la espiritualidad, practica la carcajada, abraza a todo aquel que no te dé la turra.

Y el que te la da, ya sabes, prueba con una buena fuga estratégica, el cambio de compañías, mantén la distancia, huye del que solo ve problemas, del que sólo tiene quejas, de los que te absorben la energía, busca tu espacio, ese en el que no te amarguen la vida, que como diría Oscar Wilde «la vida es demasiado importante como para tomarla en serio».

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